Hace unas semanas hablábamos de la gestión del silencio. Pues bien, durante estos días y con motivo del partido amistoso que celebrarán las selecciones de España y Guinea, estamos asistiendo a una verdadera clase práctica de cómo no hacer las cosas.

Para los que no conozcan el tema: la selección española de fútbol disputa un encuentro amistoso contra Guinea, país presidido por Teodoro Obiang, líder de dudosa reputación. Desde diferentes sectores se llama la atención al respecto, instando a la Federación Española a posicionarse para no ‘apoyar’ el trabajo de Obiang al conseguir que la campeona del mundo dispute un partido en su territorio.

A partir de ahí hemos visto de todo: medios que critican la actitud de Gobierno y federación, una rueda de prensa de jugadores con el protagonismo inesperado de la jefa de prensa, a un presidente de la federación que guarda silencio. El asunto está en todos los medios, digitales, prensa, televisiones y radios y los rumores respecto a una posible compensación por la disputa del encuentro no se han hecho esperar.

Lejos de amainar, el ruido parece que va en aumento y todo por una aparente incapacidad para el manejo de la situación en el plano comunicativo. El momento ‘estrella’ lo vemos cuando el presidente de la RFEF, Angel María Villar, responde de mala manera a un periodista para aclararle que sólo va a contestar a las preguntas que ‘le interesen. Error de manual.

Pero el mayor problema en esto viene de la planificación. Es complicado pensar que un encuentro de estas características no encontraría ninguna polémica, por lo que el discurso debería, al menos tener una “coartada” que mostrar a medios y sociedad. Por el contrario se intenta silenciar el asunto, evitando que los futbolistas respondan siquiera a la opinión que les merece la disputa del encuentro. Esta manera de encarar la adversidad obtiene el efecto opuesto al deseado y da rienda suelta a la rumorología y las críticas, dejando al combinado huérfano de un mensaje bajo el que refugiarse. 

Así pues, el próximo España Guinea podría ser un claro ejemplo del efecto boomerang en la comunicación. Al no prever las consecuencias de sus actuaciones, la reputación de una marca puede sufrir un auténtico varapalo en su valoración pública.

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